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En un contexto atravesado por la expansión de la inteligencia artificial, repensar la evaluación se volvió una tarea ineludible. Bajo esta perspectiva, la Dra. Anna Espasa, profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (España), hizo hincapié en la importancia de promover prácticas evaluativas más formativas, inclusivas y centradas en los procesos de aprendizaje.
La entrevista se desarrolló en el marco de su visita a Uruguay para participar en actividades presenciales del proyecto Fortalecimiento de las Competencias Digitales Docentes en Educación Secundaria para la Evaluación Mediada por Inteligencia Artificial, el cual integra como profesora visitante.
Se trata de una iniciativa que obtuvo financiación del Fondo Sectorial de Educación, modalidad “Inclusión Digital” ―impulsado por la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) y Fundación Ceibal―.
Desarrollado por el Instituto de Educación de la Universidad ORT Uruguay, el proyecto tiene como propósito fortalecer las competencias digitales de los docentes de educación secundaria en los centros María Espínola, especialmente en lo que refiere a la evaluación apoyada por tecnologías e inteligencia artificial.
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¿Cuáles son las claves de la evaluación, para que sea una instancia formativa e impulse el aprendizaje de los estudiantes?
Una de las claves de la evaluación formativa es la retroalimentación, que tiene que darse durante todo el proceso de enseñanza y aprendizaje, para que los estudiantes sepan aquello que han hecho bien, aquello en que han cometido algún error y cómo pueden mejorarlo.
Otro tema clave, para que los estudiantes utilicen la retroalimentación, es que tiene que ser accionable. En otras palabras, la tienen que leer, entender, comprender, tomar decisiones y mejorar. Y, finalmente, esa mejora debe ser evaluable por el docente.
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¿Qué ideas erróneas existen hoy sobre la evaluación y la retroalimentación?
Hay una vinculada a los exámenes. Se les dedica mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucha corrección, cuando ese es justamente uno de los aspectos que se podrían mejorar.
Sumado a ello, otro tema es el peso de la nota, que existe. Cuando íbamos a la escuela teníamos una nota, pero el peso que tiene esta cualificación es excesivo. Esa sería otra de las concepciones erróneas vinculadas a la evaluación.
La evaluación como control no es necesaria, sino que la clave es la evaluación como aprendizaje.
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Si te dieran una varita mágica para hacer todos los cambios necesarios para mejorar la retroalimentación y la evaluación del sistema educativo, ¿cuáles serían las acciones que desarrollarías?
Si tuviera esa varita mágica, lo que haría sería eliminar por completo los exámenes y las pruebas evaluativas, tal y como las entendemos y como suelen aplicarse hoy: como instancias de control o como de reproducción de lo aprendido por parte de los estudiantes.
Intentaría eliminar esa lógica porque, al hacerlo, seguramente encontraríamos otras estrategias de evaluación mucho más inclusivas y mucho más favorecedoras del aprendizaje.
Esa varita mágica también me permitiría conservar algunas buenas prácticas que ya existen. Por lo que he hablado con profesores de Uruguay, hay experiencias muy valiosas de trabajo compartido entre colegas.
Además, me dio la impresión de que tienen muy incorporada la relevancia de la retroalimentación: saben perfectamente qué es y cómo implementarla. Después, cada uno lo hará de una manera diferente, pero la reflexión sobre su importancia la tienen muy bien integrada y muy consolidada. Por eso, creo que esas prácticas se deberían mantener.
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¿La evaluación virtual ha transformado realmente la forma de evaluar, o simplemente se han trasladado las prácticas tradicionales a nuevos entornos?
Es difícil generalizar, porque durante la pandemia de COVID-19 hubo un pasaje muy rápido y urgente hacia la educación online. En ese contexto, creo que muchas veces sí se reprodujeron en lo virtual prácticas propias de la presencialidad. Al final, el profesorado grababa sus clases y las emitía, y eso seguía estando muy vinculado a la práctica que hacían en el entorno presencial.
Pero también hay diferencias según las instituciones. La universidad en la que yo trabajo, por ejemplo, es completamente online y fue creada de esa forma. Allí tenemos un modelo asincrónico y una larga trayectoria en educación virtual, por lo que no reproducimos la presencialidad, sino que trabajamos con otros modelos.
Lo que sí creo es que la educación online conlleva un cambio en el planteamiento de la evaluación. Nos hemos pasado a planteamientos mucho más competenciales y menos reproductivos. En ese sentido, la evolución de la tecnología nos ha llevado hacia un modelo de evaluación más competencial.
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La inteligencia artificial parece haber introducido múltiples tensiones. Por tanto, ¿cómo evaluar en este nuevo escenario?
La inteligencia artificial, al fin y al cabo, es una herramienta que está y estará en el mundo profesional. Por eso, la responsabilidad que tenemos es enseñar a los futuros profesionales a integrar la inteligencia artificial a su labor de forma adecuada.
Claro que, durante el proceso de formación, puede aparecer un mal uso de esta herramienta. Existen algunas estrategias que se pueden implementar para contrarrestar esta mala práctica.
En primer lugar, definir cómo se utilizará la inteligencia artificial, tanto por parte del profesorado como por parte de los estudiantes. Acordar que el alumnado lo va a utilizar de determinada manera, citando la fuente y reflexionando sobre su uso. Y el profesorado, por ejemplo, la empleará para agilizar la devolución de la prueba evaluativa —siempre supervisando, porque al final la responsabilidad es del profesor—.
Otra estrategia sería hacer explícito el proceso que el estudiantado ha desarrollado a la hora de utilizar la inteligencia artificial. Es muy importante la elaboración del prompt, y también hay toda una competencia vinculada a la elaboración de dicho texto: ¿qué prompt han utilizado?, ¿qué respuesta han obtenido?, ¿qué interacción han tenido con la inteligencia artificial?, ¿qué cambios han decidido hacer respecto a la actividad inicial que tenían?, ¿cómo ha quedado la actividad mejorada?
Hacer explícito todo ese proceso ayuda a que la inteligencia artificial no sea vista tanto como una mala práctica, sino como una aliada y una ayuda para el proceso de aprendizaje.
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¿Cómo es posible lograr un uso crítico, ético y pedagógicamente relevante de la inteligencia artificial en la evaluación educativa?
Una práctica interesante es incluir a los estudiantes en la toma de decisiones vinculadas a la evaluación: desde diseñar instrumentos de evaluación (como puede ser una rúbrica), hasta tomar decisiones sobre cómo se los va a evaluar. Todo lo que implica compartir decisiones con el alumnado favorece un tipo de evaluación más crítico, ético y pedagógicamente relevante.
Otra estrategia para dar respuesta a este desafío es la retroalimentación inclusiva. Es muy importante ajustarnos a las necesidades de aprendizaje de todo el alumnado, respetando los ritmos de cada uno de ellos. Y, sobre todo, combinar diferentes estrategias de retroalimentación para responder mejor a esta diversidad de aprendizajes.
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En este nuevo mundo atravesado por lo digital y la inteligencia artificial, ¿qué seguirá siendo irremplazable en la evaluación educativa?
Lo que es irremplazable es el juicio evaluativo del docente. La inteligencia artificial nos puede ayudar a definir los criterios de evaluación, a elaborar instrumentos para recoger datos, pero el juicio de si una cosa está bien o no está bien es del profesorado. Y en esto la inteligencia artificial no nos puede ayudar.
Otro tema importante es que la inteligencia artificial no tiene acceso a la evolución del aprendizaje de un estudiante. Eso es algo propio del profesorado, que va viendo a lo largo de todo el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sumado a ello, no se puede olvidar las vivencias, las emociones, que también constituyen aprendizajes.