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“La pandemia rompió algunas de las reglas de oro de la educación”

13/06/2022
El impacto de la situación sanitaria en los distintos actores, las nuevas posibilidades de aprendizaje, así como el cambio en el rol de los docentes y de las tecnologías en un escenario de postpandemia, fueron algunos de los temas que abordó Alejandro Di Lorenzi, estudiante del Master en Gestión Educativa.

Di Lorenzi se desempeña como director de Secundaria en el Colegio y Liceo Latinoamericano. Además, en la actualidad, es docente de Filosofía en la Dirección General de Educación Secundaria y de Epistemología en el Consejo de Formación en Educación de la Administración Nacional de Educación Pública.

¿La situación sanitaria fue una oportunidad para modernizar la educación? ¿O seguimos con los mismos desafíos y problemáticas que teníamos antes de la pandemia?

Alejandro Di Lorenzi

La situación sanitaria por el COVID-19, en su primera etapa del 2020, generó sensaciones ambiguas de las que emergieron oportunidades. Por un lado, fue necesario manejar las etapas de desesperanza. Pero, por otro, se generaron nuevas posibilidades de aprendizaje, al ser necesaria la utilización de herramientas que, si bien ya existían, debieron ser reinventadas y ajustadas a los requisitos existentes. 

La pandemia rompió algunas de las reglas de oro de la educación, particularmente en lo que respecta a la necesidad de que la educación sea presencial, en un aula física.

Luego de dos años de COVID-19, ¿cuáles son las lecciones aprendidas? ¿Qué de todo lo implementado y aprendido podemos seguir trasladando a las aulas, en el futuro?

La pandemia tuvo impacto en los principales actores. Por parte de los profesores, se consolidó la necesidad de entender la docencia como un proceso de formación permanente. Es que no solo tuvieron que manejar rápidamente distintas herramientas didácticas y vinculares, sino que se evidenció la oportunidad de comenzar a hacer nuevas planificaciones para nuevas realidades. Por eso creo que los docentes se vieron muy interpelados en la primera fase de la emergencia sanitaria.

Por el lado de los estudiantes, se tuvo que entender que el concepto de “nativos digitales” era inadecuado e inútil. Si bien poseen ciertas habilidades para el manejo de las TIC, esto no necesariamente impactó positivamente en sus aprendizajes, por lo que fue necesario redimensionar los aprendizajes digitales y entender que no basta solamente con las nuevas herramientas.

En cuanto a las familias, estas transformaron sus hogares. No solo por el trabajo en línea, sino porque debieron participar activamente, como nunca antes había sucedido, de los procesos de aprendizaje de sus hijos. Entendieron que enseñar no es meramente transmitir información, y que aprender necesita de espacios con pares. Fue una instancia muy enriquecedora porque internalizaron el valor de la escuela como dispositivo de construcción de conocimientos y competencias.

Por último, las instituciones se vieron desbordadas, al tiempo que debían contener. A sus docentes: entenderlos, escucharlos, capacitarlos y acompañarlos emocionalmente. A sus estudiantes que tenían participación intermitente en las clases —con cámaras apagadas o desconexión, por ejemplo—, ya que, durante 2020, hubo índices de desafiliación estudiantil pocas veces vistos. En conclusión, las instituciones comprendieron, al fin, que los docentes necesitan acompañamiento, formación y nuevos formatos de aula.

¿Y qué sería importante, definitivamente, dejar de hacer en las clases?

Es interesante la pregunta. Durante la primera etapa de la pandemia, varios docentes advirtieron que, pretender hacer por Zoom o por las plataformas, lo mismo que hacían presencialmente no tenía sentido. Hubo que inventar una didáctica de emergencia para, luego, resignificarla y encontrarle un sentido más profundo.

Hace varios años, el sociólogo Mariano Fernández Enguita ya había planteado la necesidad de transitar desde el aula física a una “hiperaula”, en la cual los límites del salón de clase se ven desdibujados en un aula expandida. No solo por el uso de internet, sino porque los estudiantes aprenden mucho y de modo significativo fuera de los salones de clase tradicionales.

Por tanto, creo que deberíamos aprender que lo que sucede en el aula no es lo más importante en los procesos de enseñanza y de aprendizaje. El otro punto fundamental, a mi juicio, es entender —quizá de modo tardío— que el aprendizaje de datos no implica el desarrollo de competencias en nuestros estudiantes.

La educación debe dejar de ser una enseñanza de fechas, datos y conceptos en abstracto, para pasar a enseñar herramientas que permitan comprender lo diverso y complejo de las realidades actuales.

Pensando en los estudiantes, que vivieron el cierre de las instituciones educativas y esa enseñanza remota de emergencia, en 20 años, ¿qué elementos distintivos y positivos creés que tendrán, en relación a otras generaciones?  

Es difícil saberlo. En el caso de Uruguay, hay una revalorización de las ciencias empíricas y eso es importante porque siempre se las veía como algo lejano o propio de los países desarrollados. Podríamos entender, además, que son generaciones que han revalorizado el encuentro físico e interpersonal.

De este modo, lo que ha sido una carencia, quizá pueda transformarse en una oportunidad. Es complejo compartir, negociar acuerdos y pensar colectivamente a través de la distancia. Tal vez sean generaciones que valoren el encuentro ante todo. Para esto creo que aún debemos continuar combatiendo los efectos del aislamiento que nos legó la pandemia.

¿Habrá conocimientos o habilidades que los estudiantes no hayan desarrollado como consecuencia de la pandemia, del cierre de las instituciones y de la falta de presencialidad?

El impacto mayor estuvo en las competencias emocionales y eso también denudó una gran carencia del sistema educativo uruguayo en la falta de planificación sobre la enseñanza en el campo emocional. Por suerte hay una ley en proceso sobre estas temáticas.

Sin embargo, durante muchas décadas se entendió que aprender era un acto cognitivo individual de cada sujeto. Hoy, por suerte, estamos en un lugar en el cual entendemos que aprender no solo implica a los otros, sino que, también y en particular, al tipo de vínculos y relaciones que establecemos con los otros.

Es importante señalar que durante 2020 y 2021 la escuela nunca se detuvo, quizá en algunos momentos actuó intuitivamente y de forma reactiva, pero nunca se detuvo. Y hubo muchos aprendizajes, desde el punto de vista curricular y desde lo cuantitativo.

¿Qué aspectos creés que los maestros y docentes tendrían que prestar atención hoy, para poder manejar las consecuencias que provocó la educación en pandemia?

La idea de formación permanente de los docentes debe instalarse. Otro aspecto importante es lo que respecta al uso de las TIC. Dejan un “residuo” de aprendizaje distinto a otros medios si y solo si las utilizamos de modo intencional y diferente a otros medios. En otras palabras, utilizar las TIC no es proyectar un texto en el pizarrón, ya que el cambio de soporte no genera nuevos resultados o procesos.

La pandemia acercó las tecnologías a muchos docentes que no las utilizaban, pero cuando no tenemos preparación pedagógica para incluirlas en nuestras aulas, podemos creer que su mero uso garantiza mejores aprendizajes. Entonces, para evitarlo, es clave hacer visible la necesidad del encuentro entre docentes para compartir experiencias didácticas e impulsar el espíritu crítico.